CAZADORES DE MIRADAS
Han pasado casi 48 horas y aún me siento noqueada por la culpa y la estadística; fue en la puerta de un teatro mientras observaba con desinterés el andar de pasos apremiados por la cercanía de la función. Primero fue sonido de suelas contra la madera del piso, luego aroma de jabón de piña, y entonces, aquel seco golpe de bumerang, trayendo forzosamente a cuento, los días en que un enorme seguro metálico se agitaba groseramente, dentro de mi enorme orificio lobular (provocado seguramente por algún descuido infantil) y amenazando con partir en dos mi pequeña oreja. Las mangas de mis blusas caían frecuentemente en amplios olanes incrustándose en el dedo anular vestido, al igual que el resto de mis dedos, a veces de pies y siempre de manos, con ropajes metálicos de diversas formas y coloridos. Mi pelo rigurosamente negro, la piel naturalmente pálida, luciendo enfermiza al contraste de labios negros o lilas y ante el delineado sombrío de mis ojos color de” gotas de té” (Fito Páez) Era 1993 y la capital a pesar de su brutal asimilamiento centralista era un simple remedo que fingía ser vanguardia (aún lo es) los raves aún tardarían un par de años en domesticar a medias la escena local, por entonces fluía una nostalgia setentera permeada con un potente aire Seattlero y un predominante despegue del rock mexicano .Lo cierto es que todos nosotros pagábamos deudas retroactivas de la tradición vacía y estrecha, del avandarazo, de décadas de dictadura omnipresente y de un catolicismo bochornoso que impregnaba hasta nuestros propios vómitos, ni tus propios olores te pertenecían (ni te pertenecen) todo es impuro, censurable, desquiciado. Ante todos estos cuchillos y simplemente de cara a la adolescencia, los caminos parecían tan definidos: Heredar pacíficamente los intactos mantos de una adultez, sosa y sin fantasía. O bien cargar obstinados una enorme piedra, para inventar una carretera que ya tenía muchas décadas construida, diluyéndose, casi sin notarlo, en la ruta simple de una frivolidad reaccionaria. Presos de la misma distancia teatral, planteada entre edad y trapos cuya luna era la música, Héroes de enseñar el trasero, extraviados en el cruce de caminos entre banalidad y trasnochada nostalgia. (Tan clamorosamente bien visto por entonces) Entre esas pocas luces yo caminaba a trompicones, (aún lo hago) disfrazada para la ocasión, buscando miradas de abrigadora desaprobación, un juego compartido y soterradamente celebrado que para mi grupo de amigos representaba un sano indicativo de que no pertenecíamos a ese clan de asimilados , nuestra vestimenta sin embargo, no cargaba ningún lenguaje nuevo, éramos un fastuoso remake, intentando despojarse de la misma tradición, de la misma dictadura, del mismo avandarazo, sin cambiar los métodos, a pura fuerza de trapazos y rolas. Azuzados por este medioambiente incapaz de retener dato alguno, cuya fuerza de provocación gravita en la desmemoria y la tiniebla circular. En el fondo solo se retrasaba el momento, “decidía no elegir” (Trainspotting) sin nada más, abajo de ello, que un instinto reaccionario sin ideas .Vagabundeaba por las calles a la cacería de miradas de desaprobación, ignoraba las imágenes, los olores, las voces, las miradas en si mismas, presa de ese juego, en que me fingía incomprendida, lazando miradas hostiles, ante el mínimo parpadeo, para relatar orgullosa a los cuates, mis hazañas en los vagones del metro o en los restaurantes donde efectivamente era vigilada como un ladrón en potencia. Entre la auténtica curiosidad y simplonería de los transeúntes y mi ansiedad de mostrarme ostentosamente diferente y ruda, el juego me supero, se volvió pegosteoso, peligroso, tan cerca de la violencia que estuve a punto de ser golpeada muchas veces, por la contraparte perfecta del cazador de miradas: el fisgón estupido, revisada humillantemente en centros comerciales y bañada con insultos y amenazas que ya no divertían a nadie. Trate de eliminar la cacería de mis días, pero estaba tan automatizada, tan hecha a mi que llegó a un punto que no necesite fingir más, la situación me lastimaba realmente, traía mi morral cargado de miradas sin fecha, que me causaban furia y tristeza, mis amigos comenzaron a creer que realmente tenía mala vibra, al observar la actitud grosera y agresiva de la gente. El jueguito se me había desbordado en los gestos, colándome en el rostro con un rictus amargo y pendenciero, hasta que una tarde, esperando el camión unos tipos que conducían un carro a baja velocidad, me lanzaron un hielazo que apenas consiguió golpear mi cabello suelto y contrario a mis propios cálculos, la situación me pareció tan cómica, que ante la sorpresa de la gente que aguardaba en la parada, les dije en voz alta: -Es que tenía calor-. Todos nos reímos con ganas y me pregunte por que había pasado preocupada tantas horas por las actitudes los mirares o los decires de alguien, entonces me volví a encontrar con los sonidos, los olores, las imágenes y eventualmente con el desintoxicado fluir de las miradas. Hace tanto de eso que lo había olvidado hasta que sentí como un bumerang el golpe de sus ojos, fue el sonido de sus zapatos, su olor a jabón de piña y su desafiante mirada de cacería lo que me convirtió en su presa, estúpidamente deslice puñales de curiosidad por su rostro por numerosos tumores, que habían dinamitado su piel que caía en gajos rojizos, reventados seguramente una y otra vez, con una hiriente sobre atención. Ella había cazado mi mirada para flagelarse con ella, recogiendo fisgones pendejos para cargarse al hombro un morral lleno de piedras, del que jamás hubiese querido formar parte, ojala pudiese decirle alguna vez, que los cazadores de miradas jamás deben apresarse entre ellos…